jueves, 29 de abril de 2010

Papelera del contra yo, dulce abono

Ulises Regalado Ramírez

Te hieren, te mutilan, son el arrebato de un bolero en víspera de espera fundida, tan antaño está la cercanía de sus cóleras que, a castigadas partidas, el invierno de los cerezos se convierte en el edén de los suicidas. Que se vayan los tortuosos, que el letargo no anuncie más su pavura, cantera hervida de mis delirios. Desde allá, mas allá del acento, se prostituye el hocico de la esperanza malsana, el vagabundo lamentar proclama su podrir en los amores, crecen los revoltijos temporales como astros enjaulados en faroles, tan sufridos, fallidos al contacto del salto, al sudor que respira sueños por voces de piel ocaso. Innato folklore de saberse secuestrado por el olvido; profanado, jamás utilizado, siempre abnegado a los aplausos de triste condena. Sobre los pantanos, las rayuelas rayan las bombas con trozos de crayones paridas en aerosol, pero mira que indiferente es el eternizador caducado, que se va por que vuelve al noctámbulo.

La cicaríz en mi rostro

Jesús Brilanti T.

Némesis han sido mis propias sombras,

Asfixia entre mis persecuciones y tus ausencias

Yo Demonio y tu ser de Luz, ¿qué podía yo esperar?

¿Salvarme de la demencia o perderme en la narcosis

del dolor infinito y latente?

Te esperé, aguardé bajo la lluvia, dentro de la espesa noche,

¿dónde estabas tú? ¿Desde dónde fue que escuchaste mi aullidos?

Tal vez estarías en los brazos ajenos, en los labios del prójimo

O entre las sábanas de mi enemigo quien disfruta tu destello.

¡Maldita sea la hora en que te incrustaste entre mi epidermis!

Este Demonio no pudo ver que te hace daño mi oscuridad,

mi necrofagia, mi autoflagelación, mi destreza para odiar y,

para olvidarme de la gangrena que ha causado tu mirada

en lo que queda de mi pecho; ¡qué estúpido demonio!

se ha enfermado del alma, por culpa de los cerdos,

se ha enmarañado en lo que los infames llaman

el mal del los impíos, y lo sé

porque no he dejado de mirar la cicatriz en mi rostro,

de admirarle, de desearle lejos, de imaginarme esbozando mi cura.

El Abismo puede que obture sus entrañas

para impedirme el paso, pero, ahora, ¿qué más da?

Injurioso tormento, tortuoso lamento.

¡Gime infierno, ladra…!

¿Por qué permitiste yo saliera de tu aposento?

¿Para tan solo conocerla y destruir la última pieza

no podrida que restaba de mi espíritu?

La cicatriz en mi rostro escupe tu rastro,

la putrefacción de mi alma te pertenece hoy y mañana.

Ahora sólo permanezco aquí, en esta corriente intangible

e imparable que ha producido mi aliento, mi odio,

mis lágrimas, la sangre de mis heridas y el recuerdo

de esa mujer quien absorbió mi culpa y mi último sustento.

Allá, en el horizonte…. ¡Mirad!

¡Las poderosas luces de mi venganza se asoman

para desprender tu memoria de la mía!

Pobre de mi niño pobre

Joel Eduardo Rico Vallejo

Pobre de mi niño pobre, pobre de mi niño rico;

pobre que roba cobre, pobre si usas de más el pico;

pobre de aquél que le dé una moneda,

pobre si se persigna de frente a la morena,

pobre si de él te apiadas,

pobre que no es cuento de hadas.

Pobre que a veces come, pobre si come rico,

pobre mi niño pobre, corre a tomar el micro,

cántales tus canciones y llévate mis bendiciones.